{"id":22,"date":"2015-01-15T13:16:32","date_gmt":"2015-01-15T12:16:32","guid":{"rendered":"http:\/\/elarriero.es\/literatura\/?p=22"},"modified":"2021-04-26T00:01:07","modified_gmt":"2021-04-25T23:01:07","slug":"el-circulo-negro","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/elarriero.es\/literatura\/el-circulo-negro\/","title":{"rendered":"El c\u00edrculo negro"},"content":{"rendered":"<p>All\u00ed, como siempre, en mitad de la arista, se encontraba el bloque de piedra semienterrado en la nieve y rodeado por m\u00faltiples cintas y trozos de cuerda que otros monta\u00f1eros hab\u00edan ido dejando a su paso. Fernando elev\u00f3 la mirada oteando el horizonte. Hacia el este, el Pico del Veleta recib\u00eda las primeras luces del d\u00eda. El mes de febrero hab\u00eda sido generoso y la Sierra luc\u00eda un blanco inmaculado tras las \u00faltimas nevadas. La ma\u00f1ana era fr\u00eda, pero un cielo azul auguraba una jornada magn\u00edfica. El d\u00e9bil viento, que comenz\u00f3 a soplar antes del amanecer, iba remitiendo con los primeros rayos de sol que empezaban a calentar la Sierra y a los tres monta\u00f1eros, que se dispon\u00edan a rapelar desde el bloque de piedra para continuar el recorrido por la arista.<\/p>\n<p>Justo cuando terminaba de enroscar el \u00faltimo mosquet\u00f3n de la reuni\u00f3n y se preparaba para desplegar la cuerda, Fernando se pregunt\u00f3 en cuantas ocasiones hab\u00eda repetido ese mismo gesto en aquel lugar. No eran excesivas, pero s\u00ed las suficientes como para haber perdido la cuenta. Con la cuerda en la mano, distra\u00eddo en el revoloteo de un acentor alpino que se hab\u00eda acercado a los monta\u00f1eros, record\u00f3 con nostalgia aquella primera vez que, junto a su hermano Tom\u00e1s, ascendi\u00f3 por la Arista del Cartujo.<\/p>\n<p>Hac\u00eda ya algunos a\u00f1os, quiz\u00e1 demasiados, dijo para s\u00ed Fernando. Las cosas hab\u00edan cambiado desde entonces. Unas para bien, y otras, por desgracia, para mal\u2026<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">***<\/p>\n<p>Tom\u00e1s y Fernando, a la hora convenida, esperaban a los dos compa\u00f1eros en la gasolinera de la antigua carretera de la Sierra. Todav\u00eda era noche cerrada y aquella de enero especialmente fr\u00eda. A los pies de los hermanos monta\u00f1eros, descansaban las mochilas que a\u00f1os atr\u00e1s, en la \u00e9poca universitaria, sus padres les hab\u00edan regalado en unas de las numerosas visitas al piso de estudiantes de Granada. Con ellas hab\u00edan ascendido monta\u00f1as y vivido aventuras inolvidables, pero la que estaban iniciando esa noche ten\u00eda un tinte muy especial. Fernando observ\u00f3 con detenimiento el piolet de su hermano colocado en la mochila. Tom\u00e1s se percat\u00f3 y cruz\u00f3 con \u00e9l una mirada con unos ojos azules llenos de ilusi\u00f3n. Ambos se sonrieron con complicidad. Piolet y crampones, esa era la gran revoluci\u00f3n personal que iban a vivir en pocas horas, pens\u00f3 Fernando.<\/p>\n<p>Minutos despu\u00e9s de las cuatro de la ma\u00f1ana, los faros de un coche que entraba por la gasolinera deslumbraron a Fernando y Tom\u00e1s con sendas r\u00e1fagas. Las puertas delanteras del veh\u00edculo, ya detenido, se abrieron. Tom\u00e1s sali\u00f3 al encuentro de sus compa\u00f1eros, los salud\u00f3 efusivamente y acto seguido present\u00f3 a Fernando que se hab\u00eda acercado al grupo. A Carlos y a Miguel los hab\u00eda conocido Tom\u00e1s en el club de monta\u00f1a de la ciudad de Granada donde se hab\u00eda inscrito meses antes.<\/p>\n<p>Miguel ech\u00f3 un \u00faltimo vistazo al maletero del coche lleno de mochilas y lo cerr\u00f3 al segundo portazo. En el interior del veh\u00edculo accion\u00f3 la llave de contacto. El coche intent\u00f3 arrancar, pero se vino abajo, en parte por el fr\u00edo de las intempestivas horas y en parte por los kil\u00f3metros que atesoraba. Tras varios intentos frustrados, Miguel permanec\u00eda tranquilo, era evidente que aquello no supon\u00eda una novedad para \u00e9l, como tampoco para Carlos, que increpaba a su amigo con comentarios jocosos. Cuando Miguel comenzaba a perder la paciencia el coche arranc\u00f3 y una humareda se precipit\u00f3 por el tubo de escape.<\/p>\n<p>Montados en la tartana, como a Miguel le gustaba llamar al veh\u00edculo, los cuatro monta\u00f1eros entablaron conversaci\u00f3n mientras recorr\u00edan la carretera de la Sierra, que a esas horas descansaba solitaria.<\/p>\n<p>&#8211;&nbsp;&nbsp; Arista del Cartujo, as\u00ed llamamos los monta\u00f1eros de Sierra Nevada a la ruta que vamos a hacer hoy \u2013 afirm\u00f3 Carlos.<\/p>\n<p>&#8211;&nbsp;&nbsp; \u00bfDel Cartujo? \u2013 pregunt\u00f3 con inter\u00e9s Fernando.<\/p>\n<p>&#8211;&nbsp; El Tozal del Cartujo \u2013 intervino con seguridad Miguel \u2013 uno de los tres miles de Sierra Nevada, creo recordar de tres mil ciento cincuenta y dos metros, y nosotros vamos a alcanzarlo, si todo va bien, recorriendo su arista. \u2013 prosigui\u00f3 con entusiasmo.<\/p>\n<p>&#8211;&nbsp; Hay varias rutas para ascender el Cartujo: desde Elorrieta, por Tajos Altos, por Pe\u00f1a Madura\u2026pero la m\u00e1s alpina es, sin lugar a dudas, por la arista \u2013 coment\u00f3 Carlos, que parec\u00eda conocer bien el terreno.<\/p>\n<p>Tom\u00e1s y Fernando se miraron con el mismo pensamiento \u2013 \u00bfno ser\u00eda aquel recorrido demasiado dif\u00edcil y expuesto para ellos? \u2013 Al fin y al cabo iba a ser su primera vez, nunca antes hab\u00edan utilizado crampones y piolet.<\/p>\n<p>&#8211;&nbsp; \u00bfY no ser\u00e1 demasiado para dos novatos como nosotros? \u2013 pregunt\u00f3 Tom\u00e1s con sinceridad.<\/p>\n<p>&#8211;&nbsp; No te preocupes \u2013 contest\u00f3 Carlos \u2013. El recorrido, aunque por terreno mixto, no es dif\u00edcil. Y seg\u00fan me contaste en la sede del club, t\u00fa y tu hermano llev\u00e1is tiempo pateando monta\u00f1as y os manej\u00e1is con maniobras b\u00e1sicas de cuerda y rapel.<\/p>\n<p>Tom\u00e1s iba a replicar a Carlos cuando Miguel pregunt\u00f3:<\/p>\n<p>&#8211;&nbsp; \u00bfY de forma f\u00edsica como and\u00e1is?<\/p>\n<p>&#8211;&nbsp; De eso creo que no vamos a tener problemas \u2013 respondi\u00f3 presto Fernando al tiempo que miraba a su hermano Tom\u00e1s y ambos cruzaban una sonrisa c\u00f3mplice.<\/p>\n<p>&#8211;&nbsp; Entonces no os preocup\u00e9is. A unas malas, si vemos que el terreno est\u00e1 m\u00e1s dificultoso de lo normal o vosotros no os encontr\u00e1is seguros, sacamos la cuerda y el material, que para eso lo llevamos, y aseguramos alg\u00fan paso si es necesario \u2013 contest\u00f3 Miguel con tono tranquilizador.<\/p>\n<p>La tartana segu\u00eda subiendo por la carretera de la Sierra. Sentado junto a Tom\u00e1s, Fernando, con la mirada perdida a trav\u00e9s de la ventanilla trasera, dej\u00f3 volar la imaginaci\u00f3n por aristas y corredores de nieve blanca. Y mientras el coche llegaba al destino, recorri\u00f3 con su hermano grandes monta\u00f1as\u2026<\/p>\n<p>Hac\u00eda poco m\u00e1s de media hora que hab\u00edan iniciado la aproximaci\u00f3n a la arista desde la Hoya de la Mora cuando cruzaban las pistas de esqu\u00ed por Borreguiles. La estaci\u00f3n a\u00fan permanec\u00eda dormida \u2013 mejor as\u00ed \u2013 pens\u00f3 Fernando. No deseaba que la masificaci\u00f3n de esquiadores y los remontes a pleno funcionamiento enturbiaran el recuerdo indeleble de aquella jornada monta\u00f1era que \u00e9l y Tom\u00e1s comenzaban a vivir.<\/p>\n<p>El cielo clareaba. Desde la Loma de D\u00edlar Fernando y Tom\u00e1s quedaron maravillados al contemplar por fin la Arista del Cartujo. A Fernando aquella formaci\u00f3n se le antoj\u00f3 la espina dorsal fosilizada de un viejo y gigantesco dinosaurio que hab\u00eda ido a morir al pie de la monta\u00f1a. Parec\u00eda como si la arista emergiera de la tierra para alzarse majestuosa, blanca de nieve y negra de roca. Era un espect\u00e1culo magn\u00edfico que hizo vibrar el coraz\u00f3n de los hermanos monta\u00f1eros. Tom\u00e1s, con apremio, pregunt\u00f3 cu\u00e1nto quedaba para llegar. Una hora hasta la base de la arista \u2013 contest\u00f3 Carlos, que percibi\u00f3 la emoci\u00f3n de Tom\u00e1s.<\/p>\n<p>Tanto Fernando como Tom\u00e1s ard\u00edan en deseos de ponerse los crampones y utilizar el piolet, pero el terreno y el estado de la nieve todav\u00eda no lo requer\u00edan. Los cuatro monta\u00f1eros, en fila india, se alternaban la apertura de la huella, puesto que la nieve se mostraba a veces consistente y otras demasiado blanda y fatigosa.<\/p>\n<p>Tom\u00e1s llevaba ya un buen rato abriendo huella, tras un apoyo en nieve dura, movi\u00f3 la bota derecha para dar el siguiente paso y se hundi\u00f3 hasta la rodilla. Intent\u00f3 salir con el otro pie que todav\u00eda estaba en terreno firme, pero lejos de conseguirlo, qued\u00f3 hundido en un agujero de nieve que le llegaba hasta la cintura. Hab\u00eda sacado al resto de sus compa\u00f1eros cierta distancia. Mientras esperaba la llegada del grupo para que le ayudara a salir del entuerto, dirigi\u00f3 la mirada a la cumbre del Tozal del Cartujo que estaba iluminada por el sol del amanecer, el resto de la monta\u00f1a todav\u00eda permanec\u00eda a la sombra. Tom\u00e1s inspir\u00f3 profundamente el aire puro, fr\u00edo de la Sierra, y all\u00ed, metido hasta la cintura en un agujero de nieve, con una cumbre llena de luz a lo lejos y rodeado de monta\u00f1as nevadas, se sinti\u00f3 el m\u00e1s feliz de los mortales.<\/p>\n<p>Al poco llegaron Miguel y Carlos, que al ver donde hab\u00eda ca\u00eddo Tom\u00e1s, ileso por fortuna, no tuvieron m\u00e1s remedio que re\u00edr. Fernando, que andaba retrasado fotografiando el paisaje \u2013 quer\u00eda dejar constancia de aquel d\u00eda \u2013 se uni\u00f3 a las risas de los compa\u00f1eros, Tom\u00e1s incluido, e inmortaliz\u00f3 con la vieja c\u00e1mara compacta, cargada con un carrete de diapositivas, a su hermano, que irradiaba felicidad y plenitud en sus ojos azules y en su sonrisa franca.<\/p>\n<p>Los monta\u00f1eros, al refugio de una gran roca a la derecha de la entrada del corredor que daba acceso a la arista, de pie sobre una buena repisa de nieve, se afanaban en colocarse los arneses. Al noroeste, el sol iluminaba la l\u00ednea del horizonte con una tenue luz anaranjada que contrastaba con el azul l\u00edmpido del cielo. Fernando, que ya se hab\u00eda puesto el arn\u00e9s, se deleitaba con el espect\u00e1culo de luces mientras tomaba un desayuno frugal a base de t\u00e9 caliente, galletas y uvas pasas que comparti\u00f3 con Tom\u00e1s, sentado junto a \u00e9l. Miguel y Carlos, entretenidos con sus quehaceres de monta\u00f1eros, quedaron tambi\u00e9n, por un instante, absortos en el horizonte.<\/p>\n<p>El sol iluminaba el corredor de entrada, era el momento id\u00f3neo para colocar los crampones e iniciar el ascenso. As\u00ed se lo hizo saber Miguel a los hermanos monta\u00f1eros que sacaron los flamantes crampones de la funda. Tom\u00e1s deshizo la cinta que un\u00eda el piolet a la mochila y Fernando hizo lo propio. El anhelo se tornaba en realidad,&nbsp; pens\u00f3 Fernando cuando ve\u00eda como su hermano y \u00e9l terminaban de colocarse los crampones en las botas.<\/p>\n<p>Carlos y Miguel, a una distancia prudencial, progresaban por el corredor de entrada. A la se\u00f1al, Tom\u00e1s sali\u00f3 de la repisa de nieve para seguir la huella. Tras un par de pasos dentro del corredor, su pierna izquierda, la m\u00e1s atrasada, qued\u00f3 extendida con los crampones bien clavados en la nieve, y la derecha, por encima de esta, en posici\u00f3n de zancada con flexi\u00f3n de casi noventa grados. Fernando lo observaba con inter\u00e9s. Tom\u00e1s vest\u00eda pantal\u00f3n de cordura rojo; un forro polar del mismo color; gafas de glaciar con protectores laterales de piel; en el cuello braga de forro polar negro; polainas rojas; botas de alta monta\u00f1a; crampones; piolet de traves\u00eda, largo y de mango recto, en la mano derecha; y la mochila a la espalda. Ataviado con ese equipo, luc\u00eda una bella estampa de monta\u00f1ero que la barba rubia de su cara enaltec\u00eda a\u00fan m\u00e1s. Clav\u00f3 el regat\u00f3n con fuerza, y sin soltar el piolet de la mano, dirigi\u00f3 sus ojos azules a Fernando que le transmitieron una alegr\u00eda infinita. \u00c9ste asinti\u00f3 con la cabeza. En aquel lugar, con los crampones y el piolet, se encontraban en comuni\u00f3n con la monta\u00f1a y con ellos mismos. Hab\u00edan descubierto el tesoro m\u00e1s preciado del ser humano, la libertad. Hab\u00edan hallado su sitio en el mundo, que estaba en las monta\u00f1as, en la nieve, en la roca, en los corredores y las aristas, en el silencio blanco\u2026All\u00ed se sent\u00edan vivos y felices.<\/p>\n<p>En aquel precioso instante ni Fernando ni Tom\u00e1s alcanzaban a imaginar lo que el destino les deparaba. Cuatro a\u00f1os despu\u00e9s volver\u00edan a ese mismo lugar, donde ahora se llenaban de vida, para dibujar El c\u00edrculo negro.<\/p>\n<p>Tom\u00e1s, ajeno al futuro incierto, aprehend\u00eda aquel presente de plenitud.<\/p>\n<p>Fernando, siguiendo las huellas de su hermano, experiment\u00f3 sensaciones que nunca olvidar\u00eda. Como la seguridad y el poder que le daban las doce puntas de los crampones para evolucionar por la nieve dura; o el apoyo y estabilidad del piolet clavado en la nieve; o el generoso esfuerzo f\u00edsico que demandaba el terreno; o los latidos de un coraz\u00f3n que se agrandaba en aquel paisaje de hielo, nieve y roca; o las respiraciones profundas, a veces aceleradas, de unos pulmones henchidos de aire puro; o la paz espiritual que emanaba de la energ\u00eda de la monta\u00f1a. Fernando, junto a su hermano Tom\u00e1s, se sinti\u00f3 libre, eterno y ef\u00edmero a la vez.<\/p>\n<p>Los cuatro monta\u00f1eros se reunieron a la salida del corredor. Tom\u00e1s y Fernando se hallaban seguros y fuertes. La incertidumbre inicial de los dos hermanos se disip\u00f3 como una d\u00e9bil niebla lo hace en la monta\u00f1a a medida que va subiendo el sol. Carlos los felicit\u00f3 por aquel ascenso \u2013 nadie dir\u00eda que sois novatos \u2013 dijo. Y continuaron por la arista, a veces por terreno mixto, otras realizando alg\u00fan destrepe, peque\u00f1os saltos\u2026Un sube y baja, que a trav\u00e9s de cortos corredores, traves\u00edas a media ladera y trepadas exiguas, conformaba un sistema alpino por el que progresar en busca de la cumbre del Cartujo.<\/p>\n<p>Miguel, con el brazo y el dedo \u00edndice extendidos, se\u00f1al\u00f3 la ubicaci\u00f3n del bloque de piedra desde donde realizar\u00edan el rapel. \u00a1All\u00ed est\u00e1! \u2013 exclam\u00f3 como si lo estuviera descubriendo por primera vez\u2026<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">***<\/p>\n<p>Nueve a\u00f1os despu\u00e9s, Fernando, de pie, al lado del bloque de piedra semienterrado en la nieve, se dispuso a realizar aquel mismo rapel.<\/p>\n<p>Abajo esperaban F\u00e9lix y Jos\u00e9 \u00c1ngel que, algo extra\u00f1ados, le preguntaron por qu\u00e9 hab\u00eda tardado tanto. No encontraba el piolet \u2013 contest\u00f3 Fernando sin convicci\u00f3n alguna. Sus compa\u00f1eros se miraron y asintieron en silencio, por desgracia conoc\u00edan la historia de Tom\u00e1s, Fernando y El c\u00edrculo negro.<\/p>\n<p>Tras el rapel, montaron un largo de cuerda corto por un estrechamiento en terreno mixto que superaron sin problemas y continuaron hacia la cumbre. Ya fuera de la arista, Fernando, en las \u00faltimas rampas inclinadas exentas de dificultad, se dej\u00f3 llevar y en su interior recit\u00f3 de memoria el poema que escribiera el d\u00eda despu\u00e9s de aquella primera Arista del Cartujo, que titul\u00f3 Crampones y Piolet.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>En una arista,<\/p>\n<p>en Sierra Nevada,<\/p>\n<p>junto a mi hermano,<\/p>\n<p>un monta\u00f1ero.<\/p>\n<p>Once horas de marcha.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Antes del amanecer,<\/p>\n<p>estrellas en el cielo,<\/p>\n<p>a lo lejos Granada,<\/p>\n<p>y cercano el aire puro,<\/p>\n<p>fr\u00edo del invierno.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Manto blanco sobre el suelo,<\/p>\n<p>a veces duro como el hielo.<\/p>\n<p>Otras blando, suave, vol\u00e1til.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Doce puntas bajo los pies<\/p>\n<p>y un pico en la mano.<\/p>\n<p>El esp\u00edritu libre<\/p>\n<p>y el coraz\u00f3n palpitando.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Algo m\u00e1s de tres mil metros.<\/p>\n<p>Cartujo de nombre helado,<\/p>\n<p>por su arista, columna vertebral,<\/p>\n<p>llegamos a lo alto.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Algo m\u00e1s de tres mil metros,<\/p>\n<p>d\u00eda gozoso y de sol lleno,<\/p>\n<p>fueron nuestras primeras sensaciones,<\/p>\n<p>nuestros pasos primeros.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Algo m\u00e1s de tres mil metros<\/p>\n<p>llenos de grandes sue\u00f1os.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Doce puntas bajo los pies<\/p>\n<p>y un pico en la mano.<\/p>\n<p>El esp\u00edritu libre<\/p>\n<p>y el coraz\u00f3n palpitando.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Desde la cumbre del Cartujo, junto a F\u00e9lix y Jos\u00e9 \u00c1ngel, y con la mirada clavada hacia el oeste, Fernando disfrutaba de las vistas: Tajos Altos, el Pico del Caballo y el Mediterr\u00e1neo de fondo. Y record\u00f3 con anhelo el abrazo que se dieron \u00e9l y Tom\u00e1s aquel d\u00eda en ese mismo lugar hac\u00eda ya demasiado tiempo\u2026<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">***<\/p>\n<p>Algo m\u00e1s de cuatro a\u00f1os hab\u00edan pasado desde que Tom\u00e1s y Fernando divisaran por primera vez la Arista del Cartujo.<\/p>\n<p>Al sol le quedaba poco para alcanzar el cenit. Para ser finales de abril la Sierra vest\u00eda un copioso manto de nieve,&nbsp; reflexion\u00f3 Fernando al vislumbrar de nuevo la arista desde la Loma de D\u00edlar. Aquella jornada de monta\u00f1a era la m\u00e1s importante de su vida. Jam\u00e1s hab\u00eda transportado en el interior de la mochila una carga tan pesada, querida y dolorosa al mismo tiempo.<\/p>\n<p>Ese d\u00eda acompa\u00f1aban a Fernando y a Tom\u00e1s un grupo de buenos amigos monta\u00f1eros. Pablo, Juan, Jos\u00e9 \u00c1ngel, F\u00e9lix, Jos\u00e9 Luis y Ver\u00f3nica. La aproximaci\u00f3n hasta la base de la arista fue lenta, era como si quisieran retrasar lo que ya no ten\u00eda remedio. El silencio lo invad\u00eda todo, nada hab\u00eda que decir. Y aunque el d\u00eda era radiante en Sierra Nevada, un halo de tristeza envolv\u00eda al grupo. Durante el trayecto, Fernando percibi\u00f3, no sin cierto asombro, como algunos acentores alpinos parec\u00edan unirse al grupo saltando de piedra en piedra o revoloteando por la nieve junto a ellos.<\/p>\n<p>Al refugio de la gran roca, sentado en la repisa de nieve, Fernando extrajo de la curtida mochila una urna llena de cenizas que todav\u00eda irradiaba calor en sus manos.&nbsp; Despu\u00e9s de ponerse en pie, se detuvo un instante para perder la mirada en el horizonte azul, luego gir\u00f3 la cabeza y observ\u00f3 a sus amigos monta\u00f1eros sentados junto a \u00e9l y Tom\u00e1s. Con paso firme, recorri\u00f3 los escasos metros que lo separaban de la entrada del corredor. Apoy\u00f3 con aplomo los pies en el mismo lugar donde a\u00f1os atr\u00e1s hab\u00eda visto a Tom\u00e1s lleno de vida. Feliz y libre.<\/p>\n<p>Fernando destap\u00f3 la urna. Sin saber porqu\u00e9, comenz\u00f3 a esparcir las cenizas dibujando un c\u00edrculo negro a su alrededor, sent\u00eda como un oculto atavismo le obligaba a ello. Mientras giraba sobre s\u00ed mismo y las cenizas iban cayendo encima de la nieve blanca, un hondo dolor, negro como la noche sin luna, le desgarr\u00f3 el coraz\u00f3n para el resto de sus d\u00edas.<\/p>\n<p>La urna, vac\u00eda, cay\u00f3 de sus manos, y Fernando, dentro de El c\u00edrculo negro, clav\u00f3, destrozado, las dos rodillas en la fr\u00eda nieve.<\/p>\n<p>Un c\u00e1ncer maldito, mil veces maldito, se hab\u00eda llevado a Tom\u00e1s, una buena persona, su hermano monta\u00f1ero\u2026<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">***<\/p>\n<p>De repente, un aire helado soplaba en la cumbre del Cartujo.<\/p>\n<p>Fernando, todav\u00eda hoy, se preguntaba por qu\u00e9 aquel aciago d\u00eda hab\u00eda dibujado El c\u00edrculo negro con las cenizas de Tom\u00e1s, qu\u00e9 le hab\u00eda impulsado a ello. Era como si con aquel c\u00edrculo quisiera encerrar para siempre todo el dolor infinito que Tom\u00e1s hab\u00eda sufrido en la cruel enfermedad; todo el dolor insondable de sus padres; todo el dolor fraternal de su hermano Pedro y el de \u00e9l mismo; todo el dolor de familiares y amigos.<\/p>\n<p>Tom\u00e1s luch\u00f3 contra el c\u00e1ncer con fortaleza inusitada. Parte de esa fuerza era inherente a su persona, pero otra parte, Fernando ahora estaba seguro de ello, la monta\u00f1a se la transmiti\u00f3.<\/p>\n<p>El c\u00edrculo negro cerraba el ciclo de la vida y la muerte de Tom\u00e1s, pens\u00f3 Fernando desde aquella cumbre.<\/p>\n<p>Una fugaz l\u00e1grima recorri\u00f3 su mejilla.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>In memoriam<\/p>\n<p>\u201cDoce puntas bajo los pies y un pico en la mano<\/p>\n<p>El esp\u00edritu libre y el coraz\u00f3n palpitando\u201d<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">&nbsp;******<\/p>\n<p><strong>El c\u00edrculo negro <\/strong>de <strong>Jes\u00fas Labajo Yuste<\/strong> fue relato finalista en la II Edici\u00f3n del concurso de cuentos y relatos de monta\u00f1a <strong>Cuentamontes , <\/strong>y est\u00e1 publicado, junto con el relato ganador y el resto de finalistas, en el <strong>Libro Cuentamontes 2009<\/strong>.&nbsp; M\u00e1s informaci\u00f3n en el siguiente enlace <a title=\"clic aqu\u00ed\" href=\"http:\/\/www.cuentamontes.com\/web\/libro-cuentamontes-2009\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">http:\/\/www.cuentamontes.com\/web\/libro-cuentamontes-2009<\/a><\/p>\n<p>Si quieres tener este relato en PDF clic aqu\u00ed <a title=\"descargar en PDF\" href=\"http:\/\/elarriero.es\/literatura\/wp-content\/uploads\/2015\/01\/El-c\u00edrculo-negro.pdf\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">El c\u00edrculo negro<\/a><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>All\u00ed, como siempre, en mitad de la arista, se encontraba el bloque de piedra semienterrado en la nieve y rodeado por m\u00faltiples cintas y trozos de cuerda que otros monta\u00f1eros hab\u00edan ido dejando a su paso. Fernando elev\u00f3 la mirada oteando el horizonte. Hacia el este, el Pico del Veleta recib\u00eda las primeras luces del d\u00eda. El mes de febrero &#8230;<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":28,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[3,5],"tags":[6,4],"class_list":["post-22","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-cuentamontes","category-relatos","tag-cuentamontes","tag-sierra-nevada"],"jetpack_featured_media_url":"http:\/\/elarriero.es\/literatura\/wp-content\/uploads\/2015\/01\/C\u00edrculo.png","_links":{"self":[{"href":"http:\/\/elarriero.es\/literatura\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/22","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"http:\/\/elarriero.es\/literatura\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"http:\/\/elarriero.es\/literatura\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"http:\/\/elarriero.es\/literatura\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"http:\/\/elarriero.es\/literatura\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=22"}],"version-history":[{"count":1,"href":"http:\/\/elarriero.es\/literatura\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/22\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":177,"href":"http:\/\/elarriero.es\/literatura\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/22\/revisions\/177"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"http:\/\/elarriero.es\/literatura\/wp-json\/wp\/v2\/media\/28"}],"wp:attachment":[{"href":"http:\/\/elarriero.es\/literatura\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=22"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"http:\/\/elarriero.es\/literatura\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=22"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"http:\/\/elarriero.es\/literatura\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=22"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}